La discusión sobre la reforma del sistema de inteligencia pone sobre la mesa una tensión fundamental en cualquier democracia: el equilibrio entre la seguridad del Estado y las libertades individuales. Otorgar más poder y secretismo a los organismos de inteligencia puede, en teoría, mejorar la capacidad del Estado para anticipar amenazas. Sin embargo, también aumenta el riesgo de abusos, vigilancia ilegal y persecución política, especialmente si los controles institucionales son débiles. Es clave observar si el debate se centra en la efectividad de la medida para la seguridad nacional o si se desvía hacia una disputa de poder. La participación de militares en inteligencia interna es un punto particularmente sensible en Argentina por su historia reciente. La pregunta central para el ciudadano es: ¿qué mecanismos de control se proponen para supervisar a estos servicios con poderes ampliados y garantizar que no se vulneren los derechos constitucionales?