Este acuerdo es un claro ejemplo de una decisión con dos caras. Por un lado, presenta una oportunidad innegable para el sector agroexportador, motor de la economía argentina. Por otro, plantea una amenaza real para sectores industriales que han tenido dificultades para competir globalmente. El discurso político suele simplificar este debate: quienes lo apoyan hablan de modernización, mientras que quienes lo critican advierten sobre la destrucción de empleos. Como ciudadano, es clave mirar más allá de los titulares. El éxito del acuerdo no dependerá solo de la firma, sino de las políticas internas que se implementen. ¿Se invertirá en tecnología para que la industria sea más competitiva? ¿Se ayudará a los sectores perjudicados a reconvertirse? Un acuerdo comercial no es una solución mágica ni una catástrofe garantizada; es una herramienta cuyo resultado final depende de cómo se la utilice.